sábado, 1 de octubre de 2011

Vayan y hagan discípulos


 «Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: « Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.»  Mateo 28, 16-20

  • Jesús ha terminado su misión aquí en la tierra, se despide y les da la última instrucción a sus discípulos. 

  • El mandato de ir por el mundo llevando su mensaje para que todos lleguen a ser sus discípulos sigue vigente y es lo que le da sentido a la Iglesia. 

  • El bautismo, que recibimos para nuestra incorporación en Cristo, lleva intrínsecamente el compromiso de anunciar a todos los hombres la llegada del Reino de Dios en Cristo y la esperanza de la salvación. 

  •  El bautizado debe ser discípulo y testigo que anuncia la Buena Nueva.

En un tiempo en que la Iglesia está llamada con urgencia a una purificación y a una renovación, es preciso recordar y encarnar lo que nos mandó el Señor antes de su partida.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Nuestras actividades




El Sr. Arzobispo nos ha pedido dar un paso hacia una mejor estructuración de nuestra pastoral. Desde ahora la Pastoral Hospitalaria se debe integrar, junto con la Pastoral de la Salud, a la Vicaría de la Pastoral Social, que está a cargo del nuevo Vicario Mons. Andrés Moro. En el proceso de integración se ha comenzado a tener las primeras conversaciones.
Los días 29 y 30 de agosto se llevó a cabo la Jornada de Evaluación y Planificación Pastoral de la Arquidiócesis. En ella se analizó la acentuación pastoral para 2012 desde la perspectiva de conversión pastoral que planteó Aparecida. A partir del próximo año comenzará una gran misión de los jóvenes. El llamado del Pastor es que nadie se sienta excluido de esa misión. La Iglesia es una y su misión es única aunque cambien los escenarios y las acentuaciones. Cada uno desde su ámbito debe asumir la orientación común.
Don Ricardo insistió especialmente en la necesidad de asumir una Pastoral Orgánica en la estuvieran claramente presente los cuatro ejes o dimensiones de la misión de la Iglesia: La Palabra como fuente de la evangelización, la Comunión como signo distintivo y testimonio, el Servicio, que hace creíble el signo eclesial y la Liturgia, que renueva la fe. También nuestra Pastoral Hospitalaria debe asumir conscientemente estas cuatro dimensiones de la misión eclesial.

De nuestra pastoral


Estamos conscientes de que la devoción a la Santísima Virgen María representa un factor potente para la vitalidad de la Iglesia en nuestra Patria. La Pastoral Hospitalaria, como todas las pastorales, no puede sentirse ajena al esfuerzo de renovación y purificación que está haciendo la Iglesia en la etapa difícil por la está pasando. Por esa razón, siendo tan importante la piedad mariana en la vida de los fieles, es importante que, como Pastoral, reflexionemos acerca de su función renovadora y de las condiciones que debe cumplir para contribuir fecundamente a la renovación de la Iglesia.
La Iglesia nos enseña que la piedad mariana juega un rol fundamental en el cultivo de la vitalidad de la Iglesia siempre que cumpla con dos condiciones básicas: que tenga un claro sello cristológico y una marcada impronta trinitaria. Esto significa que una devoción a María que la vea sólo como “la Madre del pan”, esto es, la persona milagrosa a la que se recurre para pedir favores, desvirtuaría su verdadero sentido. A ella la vemos siempre junto a Cristo en la realización del plan de redención. Desde el comienzo de la Iglesia María está llamada a ser educadora del cristiano. A ella corresponde formar a Cristo en el corazón de cada discípulo, impulsando así a una actitud filial frente al Padre y a una apertura del corazón ante la acción del Espíritu Santo. La dimensión trinitaria debe estar presente en cualquier manifestación de una auténtica devoción a María en el sentido del Evangelio. Cuando Benedicto XVI se queja  de que en la Iglesia se nos han ido acumulando muchas cosas superfluas, en gran medida se refiere a las deformaciones que se han producido en el culto a María. Él no está rechazando el uso de imágenes, rosarios, escapularios, etc., sino al hecho de que esas formas populares de devoción distraigan de lo esencial que es formar a Cristo en el corazón de cada discípulo. Los rasgos mágicos o puramente pedigüeños de la piedad mariana la desvirtúan.
En el esfuerzo de renovación y purificación de la Iglesia, María, la Educadora de la fe, debe ser considerada como la Gran Misionera, la Portadora de Cristo y el Modelo perfecto del discípulo. Ella, como ya comenzara a hacerlo en las bodas de Caná, nos sigue invitando al seguimiento de Cristo: “Hagan lo que él les diga”.
En la reflexión que ha surgido a partir del Concilio Vaticano II, se ha llegado a la conclusión de que en la formación cristiana de nuestros pueblos latinoamericanos se ha mostrado, ciertamente, a María en toda su grandeza, pero el lado débil de esa formación ha sido no insistir suficientemente en la relación de María con Cristo y con la Iglesia. Eso hace que muchas veces la piedad mariana popular aparezca sentimental, ocasional y unilateral. Siendo así no contribuye, como debería, a la transformación del hombre y de la sociedad. Una auténtica piedad mariana conduce a la Santísima Trinidad y orienta al descubrimiento y encarnación de la verdadera imagen del hombre, ayudándole a conquistar su plena dignidad. A cultivar ese tipo de devoción mariana nos invita la Iglesia en este momento.

He ahí a tu madre



 
«Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.»  Juan 19, 25-27

  • Es el momento culminante del ministerio de Cristo sobre la tierra. Ya lo ha entregado todo, queda solamente su Madre, el tesoro más preciado que quería compartir con los suyos.

  • Juan, representando a todos los seguidores de Cristo a lo largo de la historia, está con María al pie de la cruz. En ese momento sublime el discípulo fiel recibe a María como Madre, pero en realidad no es sólo Juan, es la Iglesia entera la que recibe a María como su Madre y Educadora.

  • Desde su inicio la Iglesia entendió que el legado de Cristo desde la cruz era un tesoro inapreciable que debía poner en el centro de su vida. María ha jugado siempre el papel de Madre-Educadora. También hoy día ella debe hacer nacer a Cristo en cada corazón y ayudarlo a llegar a la plenitud de la vida.

En un tiempo en que la Iglesia está llamada con urgencia a una purificación y a una renovación, es indispensable mirar más de cerca el papel que debe jugar la devoción a María en la vida de la Iglesia. Esto vale especialmente para un continente que es naturalmente mariano.
La experiencia muestra que también la devoción a María se puede distorsionar. Muchas veces a lo largo de la historia han proliferado formas inadecuadas de piedad mariana. Por esa razón, ahora, en un momento crucial, es preciso cimentar en la revelación la relación con la Santísima Virgen ubicándola en el contexto global de la fe cristiana a fin de que nuestra querida Madre pueda cumplir su misión de educarnos llevándonos a una relación filial con el Padre, al seguimiento e identificación con el Hijo y la apertura y docilidad frente al Espíritu. 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Nuestras actividades


El martes 2 los Capellanes de hospitales tuvieron un encuentro con el Sr. Arzobispo. Junto con entrar en un diálogo orientado a conocer el grupito de capellanes que presta su servicio en los hospitales de Santiago, Don Ricardo aprovechó en dar algunas orientaciones. Concretamente nos pidió esforzarnos por estructurar una pastoral orgánica en la que estuvieran presentes sus cuatro componentes fundamentales: el apoyo en la Palabra de Dios, una acción hecha a partir de la comunión fraterna, como signo del discipulado, el cultivo de una auténtica actitud de servicio y la orientación litúrgica a través de los sacramentos. Junto con esa orientación, invitó a hacer un esfuerzo por lograr una formación que permita ofrecer un servicio pastoral cada vez más eficiente. Se comentaron las diversas instancias de formación que se ofrecen actualmente en Santiago en el ámbito de la salud y que sirven de complemento al programa de formación básica que ofrece la Arquidiócesis.

El martes 3 tuvimos el envío de dos nuevas misioneras de la Virgen Peregrina en el Hospital Sótero del Río. Aprovechamos la ocasión también para clarificar la relación que debe existir entre las Unidades de Acompañamiento Espiritual, una laudable iniciativa del Estado, y la Pastoral Hospitalaria, una actividad ordinaria de la Iglesia Católica. Se vio que era importante la coordinación y el apoyo mutuo, evitando las confusiones en las diversas funciones que les corresponde a ambas instituciones.

Pastoral hospitalaria, agentes de la paz


Como Pastoral Hospitalaria no estamos ajenos a las angustias que experimenta la sociedad cuando comienza a ve perturbada la paz en diversos países y a diversos niveles de la sociedad. En muchos países se percibe el aumento de focos de violencia e inestabilidad social. En nuestra Patria existe un descontento transversal en torno a dos temas fundamentales de la vida ciudadana: salud y educación. Como todas las demás pastorales de la Iglesia la Pastoral Hospitalaria participa de la vocación propia de la Iglesia a ser constructora de la paz. La pregunta es qué podemos hacer nosotros al respecto. Para estar en condiciones de responder a ese interrogante es bueno partir de una corta reflexión acerca de la paz.

Como un concepto amplio, San Agustín define la paz como “tranquilidad en el orden”. En cualquier ámbito de la vida humana se perturba la paz cuando se rompe el orden. Ciertamente el concepto de orden se puede ubicar a diversos niveles: jurídico, administrativo, constitucional, moral, etc. Para los creyentes es evidente que el Creador puso los parámetros del orden en las mismas esencias de las cosas a las cuales les dio la existencia. Cuando se pasa a llevar ese orden, se introduce un germen de caos. Sin introducirnos todavía en el ámbito de la restauración del orden y de la paz que trae Jesucristo, el Príncipe de la Paz, vemos cómo a un adecuado orden social corresponde garantizar la salud y la educación como aspecto fundamentales de la convivencia. Cuando alguno de estos factores es alterado se pierde la paz. En nuestra sociedad, marcada con el sello economicista, comienza a sentirse un malestar generalizado a hacerse cada vez más consciente de que la salud y la educación no pueden depender de un afán desmesurado de lucro. Al buscar soluciones al conflicto que surge de ese malestar, es fácil caer en extremos y en buscar respuestas simplistas. La cuestión que se nos presenta  la reflexión personal y comunitaria es cómo encontrar soluciones objetivas y viables en que el derecho a la salud y a la educación esté garantizado.
A los creyentes y, especialmente a quienes estamos involucrados en las pastorales, se nos pide dar un aporte en una reflexión profunda, equilibrada y objetiva. Es preciso ofrecer antecedentes realistas que permitan llegar a soluciones viables. Los creyentes no somos espectadores del acontecer social, sino protagonistas.  Al menos debemos apoyar las corrientes de opinión que nos parezcan, a la luz de la fe, las más atinadas porque resguardan el orden establecido por Dios.
Cuando Jesucristo nos dice que nos deja “su paz” y que ésta no es como la da el mundo, se está refiriendo a la vuelta al Padre, que es el origen de todo lo existente y el fundamento de todo el orden del universo. La vuelta a Dios es la única garantía válida para recuperar plenamente la paz. A nosotros, como Iglesia, se nos pide hacer más presente al Señor y Padre como el Referente fundamental del orden social.