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miércoles, 14 de diciembre de 2011

ADVIENTO A LA LUZ DEL NUEVO IMPULSO


En el Boletín anterior dimos a conocer la Carta Apostólica del Santo Padre, Porta Fidei, invitando a todos los católicos a prepararse para vivir un año delafeafindedaruncauce fecundo a esa nueva evange- lización a que nos llamó Juan Pablo II. Nos invita a purificar, profundizar y vivificar la fe. Ahora, aprovechando el clima propio del Adviento quisiéramos reflexionar un poco acerca del clima interior con que debemos responder al llamado del Papa. Nos interesa saber cómo cultivar la fe.
El tiempo de Adviento crea el clima adecuado para el cultivo de la fe. Se dice con toda razón que lo propio del Advineto es el anhelo. Ese sentimiento es también el que permite crecer en la fe. Ángel Silecius decía “la medida del anhelo es la medida de la gracia”. Solamente un hombre que tiene profundos anhelos tiene un corazón dispuesto para recibir el don de Dios.
Tal vez conviene comenzar diciendo que la fe, tal como se entiende en la Iglesia, es un don gratuito de Dios que consiste en la par- ticipación en la vida de Cristo que se hace para nosotros Camino, Verdad y Vida. La participación en la vida divina es imposible para nosotros por nuestros propios medios. Es un don que debemos anhelar y pedir. El anhelo nace y crece en la medida en que percibimos nuestra impotencia, pero nos abrimos a la promesa que nos ha hecho el Señor. Nuestra vida no tiene sentido en sí misma. Sería miserable si sólo se orientara a una vejez llena de achaques para terminar en el cementerio. La promesa del Señor nos abre perspectivas extraordinarias. Estamos llamados a compartir la vida del mismo Dios y tenemos una habitaciónen la casa del Padre para ser felices para siempre. Miramos nuestra pequeñez e impotencia y nos abrimos a la promesa. El corazón se llena de esperanza y anhelo. Los pequeños placeres de la vida terrena nos puesden encandilar y distraer. Se nos puede perder la perspectiva del cielo y sentimos la satisfacción del momento, pero a la larga se siente el vacío y el sin sentido. La humanidad actual está pasando por una tremenda crisis de sin sentido y eso ha hecho cundir la desintegración social, el malestar y la agresividad. Esto hace urgente volver a anunciar la Buena Nueva de Jesucristo que nos abre las puertas de la vida plena.
La fe debe ser anhelada y acogida. Es don misterioso y gratuito que se renueva con los sacramentos, la lectura de la Escritura y la oración, sin embargo, acogerla significa hacer la voluntad del Señor. “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. La auténtica fe repercute en la vida real: cambia los criterios y se hace fecunda en las obras del amor. No basta con las puras proclamaciones. Hay que acoger la fe y permanecer en ella. Jesús, al explicar la relación que quería tener con nosotros a través de la alegoría de la vida y los sarmientos, insiste en que hay que permanecer en el amor, ser fieles al dejar que la fe im- pregne toda la vida.
Para poder hacer un anuncio creíble, tenemos que tener una fe viva. Es eso lo que ha motivado al Santo Padre a invitarnos a este proceso de purificación, profundización y vitalización de la fe. Un hombre compenetrado de la fe experimenta la paz que ofreció Cristo antes de partir al Huerto de los Olivos. “Mi paz les dejo, mi paz les doy”. Esa paz sólo brota por una auténtica acogida del don gratuito de la fe. Esa paz se irradia y hace creíble el mensaje de la Buena Nueva. Toda la organi- zación de la Iglesia, todos los ritos y normas se orientan a una fe viva y difusiva.
Pidámosle a la Virgen de Adviento que nos comunique su anhelo para que podamos llegar a ser verdaderos hombres de fe. 

sábado, 1 de octubre de 2011

Vayan y hagan discípulos


 «Los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: « Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado. Y he aquí que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.»  Mateo 28, 16-20

  • Jesús ha terminado su misión aquí en la tierra, se despide y les da la última instrucción a sus discípulos. 

  • El mandato de ir por el mundo llevando su mensaje para que todos lleguen a ser sus discípulos sigue vigente y es lo que le da sentido a la Iglesia. 

  • El bautismo, que recibimos para nuestra incorporación en Cristo, lleva intrínsecamente el compromiso de anunciar a todos los hombres la llegada del Reino de Dios en Cristo y la esperanza de la salvación. 

  •  El bautizado debe ser discípulo y testigo que anuncia la Buena Nueva.

En un tiempo en que la Iglesia está llamada con urgencia a una purificación y a una renovación, es preciso recordar y encarnar lo que nos mandó el Señor antes de su partida.

miércoles, 13 de julio de 2011

Crisis eclesial y pastoral de salud


Como Pastoral Hospitalaria no estamos ajenos a las angustias que experimenta la Iglesia actual en el mundo entero al ser puesta a prueba de muy diversas maneras. Cuando miramos el panorama mundial, nos preocupa que haya focos de persecución que se han ido desatando en Oriente, nos duele la pérdida de la fe en grandes ambientes europeos, en la misma tierra de donde recibimos la fe y, más aún, no logramos asimilar la crisis que se ha producido en el ámbito clerical en nuestra propia Patria. Nos duela la pérdida de credibilidad que se experimenta en todos los niveles. Frente a tantas cosas dolorosas y preocupantes, tal como lo señala el Santo Padre, nos damos cuenta que todas estas pruebas, analizadas a la luz de la fe, no son sino llamados del Señor a una fidelidad cada vez mayor. Es preciso que todo lo puramente formal, lo que no es auténtico, lo que es falso, caiga. La Iglesia está en una etapa de purificación dolorosa y urgente.
Atentado a Iglesia en Filipinas


Conscientes de estos llamados a la santidad, recurrimos con más fervor al Pan de Vida eterna. La Eucaristía será siempre el sacramento de la fe. Nos recuerda que Dios quiso entrar en nuestra historia para redimirnos. Una y otra vez, cuando participamos en la Eucaristía tenemos que hacer un salto mortal en la fe: con nuestros ojos humanos vemos pan y creemos que ese pan significa la presencia del Hijo de Dios encarnado. Un Pan que hay que comer, esto es, asimilar, hacer nuestro a través de una fe humilde. En la medida en que nos abrimos al misterio, de él sacamos la fuerza para superar todas las crisis.

Para quienes tenemos que estar en un permanente contacto con el dolor, como es el caso de quienes estamos cumpliendo funciones de servicio en los hospitales, ese sacramento nos recuerda siempre de nuevo que estamos llamados a la plenitud de vida. Nuestro ámbito laboral nos hace palpar diariamente el mundo del dolor y de la muerte, pero sabemos que lo último no es la muerte sino la vida plena. Ese Pan Vivo debe ser para nosotros el alimento de la esperanza. Cuando nos hemos alimentado de él, aunque no hagamos grandes discursos acerca de ese tema, irradiaremos la esperanza que surge de la fe en la promesa que nos hace el Señor. Los enfermos deben percibir algo del misterio que encerramos en el corazón por la fe.

Toda la vida de la Iglesia se centra en el Cuerpo de Cristo, es el centro del culto católico. En ese Cuerpo, hecho sacramento, habita la plenitud de la divinidad. Ese es el nuevo Tempo en el que se adora a Dios en espíritu y en verdad. En un tiempo de crisis es preciso volver al centro. Muchos de los fracasos sacerdotales, que nos han dolido tanto, tienen su origen en la rutina con que se puede llegar a tratar el sacramento de la fe. Es fácil y peligroso acostumbrarse a celebrar el Misterio de la fe de tal manera que deje de asombrar. No solamente es gravemente peligroso que un sacerdote se deje llevar por la rutina, también a los fieles les puede suceder que la Misa se les transforme en un simple rito. Renovar y purificar a la Iglesia comienza por devolverla a su centro que es la presencia real del Hijo de Dios en medio de su pueblo. Cada Misa debe ser una renovación de ese Misterio central: Dios vino al mundo, se hizo Hombre, nos redimió y permanece con nosotros hasta el final de los tiempo como el Buen Pastor, pero velado por el sacramento, a través de la apariencia de pan.

La celebración de la fiesta del Cuerpo de Cristo adquiere este año, desde esta perspectiva de renovación radical, una enorme importancia. Todos los creyentes, los que hemos optado por ser discípulos del Señor, tenemos que alimentarnos adecuadamente del Pan de Vida eterna para que seamos capaces de irradiar nuestra fe como testigos.

viernes, 1 de abril de 2011

El que quiera ser mi discípulo


 “Entonces dijo Jesús a sus discípulos: « Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? O ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida? »" (Mt 16, 24-26)

  • Jesucristo, después de ser reconocido como “Hijo de Dios”, anunció su Pasión
  • En ese contexto marcó la pauta fundamental que deben seguir sus discípulos.


Uno de los aspectos más difíciles de nuestra fe es aceptar que el camino a la felicidad pasa por la cruz.  El misterio pascual ha sido a lo largo de la historia y en especial en nuestros días un gran obstáculo para el discipulado. La Semana Santa nos invita a adherirnos al plan de redención que el Padre realiza a través de su Hijo Jesús.

viernes, 5 de noviembre de 2010

El amor, distintivo de los discípulos

“Junto a la cruz de Jesús estaban su madre y la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena. Jesús, viendo a su madre y junto a ella al discípulo a quien amaba, dice a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo.» Luego dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre.» Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa.»” (Jn 19, 25-27)

• Para el Evangelista Juan, la escena del Calvario guarda una íntima relación con la escena de las Bodas de Caná. En ambas se muestra a María como Compañera y Colaboradora de Cristo en su misión redentora. En Caná ella toma la iniciativa e intercede ante el Padre para adelantar “la hora” de Cristo. Es así como Él puede manifestar su identidad a través de un milagro. Es por ese evidente poder de intercesión es que en la Iglesia primitiva a María se le denominó “Omnipotencia Suplicante”. Esa es la razón profunda por la que se ha mantenido una confianza instintiva del pueblo cristiano ante su intercesión.
• En el momento culminante de su vida en la tierra, Jesús realiza un gesto de enorme trascendencia para el futuro de su obra: revela la posición de María como gestadora de la vida, como madre espiritual de los discípulos. Ella ha de cumplir con ellos la misión propia de una madre que cuida de la vida de sus hijos y los educa.
• Juan no está al pie de la cruz, junto a María, sólo como persona individual. El representa a todos los creyentes. Nos representa a todos los que seguimos a Cristo. El Evangelio dice que, siguiendo la orientación de Jesús, la llevó a su casa. En el fondo significa que la llevó a su mundo personal, a su propio corazón. Así lo ha entendido siempre la Iglesia al invitarnos a abrir las puertas del corazón a la Santísima Virgen para que ella cumpla su misión maternal de educadora de la fe.
En todos los momentos críticos por los que ha pasado la vida de la Iglesia a lo largo de los siglos, los discípulos más comprometidos con el Señor han levantado los ojos y los han fijado en María. De ella se ha esperado siempre la protección, el estímulo vital y la formación como discípulos misioneros. La tradición mariana de Chile puede mostrar un ejemplo claro de esa realidad. María ha estado presente en nuestra historia como una madre abnegada. También hoy día queremos llevarla a nuestro mundo personal tal como lo hizo Juan en representación nuestra. La Iglesia está pasando por momentos dolorosos y críticos. Por esa razón, a partir de la Quinta Conferencia realizada junto a al Santuario mariano de Aparecida, la Iglesia quiere impulsar una gran Misión Continental de la mano de María.

martes, 7 de septiembre de 2010

Celebración del Bicentenario

Virgen del Carmen, Maipú

Estando en vísperas de la celebración del Bicentenario de nuestra Patria, es impensable que no nos refiramos a él tratando de discernir las voces del tiempo que se refieren a él como voces de Dios. Sabemos que, a la luz de la fe, la celebración de una fecha histórica importante para cada comunidad es una invitación a detenerse, mirar hacia atrás, al presente y hacia el futuro, para detectar el paso de Dios en su historia. Eso vale también para Chile en su Bicentenario.No basta sólo con organizar festividades externas, que pasan sin dejar ninguna huella, hay que aprovechar el acontecimiento para crecer en los valores propios del patrimonio nacional.

Ciertamente la manera como se asume una celebración de este tipo dependerá del sentido que se le dé a la historia. Para muchos simplemente será la narración de eventos del pasado y la ocasión para resaltar las grandes figuras históricas. Para otros será una ocasión y un pretexto para celebrar festividades populares o fabricar monumentos. Para los creyentes, en cambio, es un llamado a descubrir el plan de Dios en su propia historia. Dios es el Señor de la historia y Él conduce cada etapa de ella según un plan sabio.

La mirada hacia atrás en estos doscientos años de vida republicana nos invita a reconocer los regalos recibidos de parte del Señor, a valorar y agradecer aquello con que nos ha enriquecido, a pedir perdón por las injusticias, faltas de solidaridad y de fe y a ver las heridas que hay que sanar y las tareas que están pendientes. El sólo hecho de examinar en profundidad las raíces de la propia identidad y cultura se recibe un impulso que conduce a una maduración como pueblo que asume su identidad y carácter.

La coincidencia de la celebración del Bicentenario con la corriente de vida surgida en torno a Aparecida nos parece providencial. Celebramos esta fecha histórica en el horizonte de la convocación a una nueva evangelización, En el encuentro de Aparecida nos invitó a profundizar y revitalizar el discipulado recomenzándolo todo en Cristo a fin de poder anunciarlo con palabras y testimonios, pero con un respaldo coherente en la vida. Durante 200 años la Iglesia ha tratado de evangelizar a nuestro pueblo dando un apoyo vital al desarrollo de la nación. Pero ahora, en un tiempo de cambio radical, se nos pide una revisión y una revitalización radicales. El gran desafío de este momento crucial de la historia es evangelizar la nueva cultura e iluminar con la luz de Cristo la nueva mentalidad.

Chilenos en el Vaticano
Al hablar de Chile no podemos olvidar que vivimos en una “aldea global” y que estamos relacionados con todos los pueblos de la tierra. Estamos continuamente recibiendo influencias de otros pueblos y de otras maneras de pensar. Por eso, se puede decir que Chile no es algo terminado, es una tarea permanente. Es la tarea de comprometernos con nuestra identidad nacional (alma de Chile) en medio de un tiempo de cambio radical. Hay que detenerse para tratar de entender en que consiste nuestra “historia” y nuestra “identidad” para poder proteger y cultivar lo que le da sentido a nuestro quehacer nacional y a nuestra convivencia social. La coherencia del pueblo supone una integración del pasado con el presente y en proyección al futuro. Celebrar una etapa de la historia no puede consistir sólo en recordar eventos y destacar figuras relevantes. No basta la narración de sucesos del pasado, es preciso hacer un esfuerzo por ajustarse mejor al plan de Dios.


A simple vista vemos que la historia de Chile ha estado marcada por la presencia especial de la Santísima Virgen. La estatua de la Inmaculada en la cima del cerro San Cristóbal y la celebración del Mes de María, nos muestran que el rasgo mariano es distintivo de nuestro pueblo. Junto con ese rasgo tan hermoso, nos damos cuenta que hay dos tendencias naturales que representan aspectos distintivos de nuestra originalidad: La gran sensibilidad frente a los acontecimientos que requieren de la solidaridad de toda la comunidad y la tendencia natural a respetar la ordenación jurídica. Estos rasgos y muchos otros, deben ser motivo de reflexión para conservar y perfeccionar el patrimonio nacional en este tiempo de cambio de mentalidad y costumbres.

jueves, 1 de julio de 2010

“Donde están dos o tres reunidos en mi nombre….”






“«Les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. »" (Mt 18, 19-20




  •  Jesús promete a sus discípulos manifestarse y actuar en la comunidad que se forma cuando dos o más se reúnen en su nombre
  • Eso significa que el espíritu fraterno que brota en ellos por la fe, cuando se transforma en un encuentro entre ellos, viene a ser garante de la presencia y de la bendición del Señor.
  • El cultivo consciente del espíritu de unidad que debe reinar entre los católicos se transforma así en fuente de fecundidad. Esto es precisamente lo contrario de la esterilidad que se da en individualismo egoísta reinante en nuestro tiempo.





Vivimos en un tiempo en que todo invita al egoísmo y al individualismo. Precisamente por esa razón la conciencia de ser miembros de una misma Iglesia y la necesidad de reconocernos hermanos y de compartir entre nosotros, para atraer la presencia de Jesucristo, se hace cada vez más indispensable. En todos los ámbitos de la vida social en los que participamos, conviene que tratemos de mostrar un rostro solidario. Muchas veces bastará una sonrisa, un saludo afable o la preocupación afectuosa y servicial por los hermanos para que se realice lo que decía Jesucristo: “en eso conocerán que son mis discípulos, en que se aman los unos a los otros”.

viernes, 11 de junio de 2010

PASTORAL DE LA SALUD, ENFOQUE

1. SU INSPIRACIÓN


Esta pastoral se inspira en la práctica de Jesús, que durante su vida pública unió permanentemente su acogida a los enfermos y el anuncio de la Buena Nueva del Reino.
Los Evangelistas muestran la opción preferencial de Jesús por los dolientes. De los 32 milagros que se consignan en los evangelios, 25 son de curaciones. Casi la quinta parte de los evangelios trata de esas curaciones y recoge reflexiones hechas con ocasión de su realización. Sin embargo, su intención última era anunciar la Buena Nueva. El Señor armonizaba la salud del alma y del cuerpo. Aprovechando la receptividad especial que suscita el dolor, proclamaba la esperanza de la salvación. Los discípulos de Jesús, al ir al encuentro de los enfermos, se identifican con Él.
Su acción misericordiosa, al curar las dolencias del cuerpo y del espíritu, fue un signo luminoso del advenimiento del tiempo mesiánico. Mateo lo hace consciente cuando nos relata que “Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: « ¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro? » Jesús les respondió: « Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva”. Mt 11,1; cfr. Isaías 35; 42; 61

2. LA PRÁCTICA A LO LARGO DE LOS SIGLOS

Por esa razón, desde la primera comunidad de Jerusalén, hasta nuestros días, la Iglesia ha tenido una espacial preocupación por los enfermos. Siempre ha estado consciente de que, por mandato de su fundador, junto con el anuncio del Reino de Dios, su misión incluye la preocupación por los enfermos. Esto se ha mantenido consciente a lo largo de los siglos. También hoy día es preciso hacer ese anuncio transformando los hospitales en espacios privilegiados de evangelización.

3. ENFOQUE DE APARECIDA

Aparecida nos ayuda a enfocar con más precisión el tema de la pastoral de los enfermos diciendo que “la Iglesia ha hecho una opción por la vida.V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, Aparecida n 417
Agrega además, que “la Pastoral de la Salud es respuesta a los grandes interrogantes de la vida, como son el sufrimiento y la muerte, a la luz de la muerte y resurrección del Señor” Ibdem n 418

4. SU ACTUALIDAD

Hoy día se hace cada vez más indispensable reconquistar la tradicional actitud de misericordia y de caridad servicial que ha caracterizado la vida cristiana, como la vivieron hombres y mujeres que, en grado heroico, sirvieron abnegadamente a los enfermos.[1]
Sabemos que el mundo del dolor es una puerta abierta para acercarse al Señor, pero también puede serlo para alejarse de Él. En efecto, muchas personas se han alejado de la Iglesia porque no han encontrado ese signo de misericordia que esperaban de sus representantes. El hombre moderno entiende mejor los gestos que las palabras. Es urgente, por eso, establecer una Pastoral Hospitalaria amplia, organizada, eficiente y llena de espíritu.
El Padre Mateo Bautista de la Orden de San Camilo en su libro “Pastoral de la Salud” hacía una observación impresionante: “La humanidad entera pasa más fácilmente por el hospital que por la Iglesia. Es el templo mayor y más visitado del mundo católico”. Esta realidad impactante la podemos constatar fácilmente en los hospitales, consultorios y clínicas de nuestra Arquidiócesis. Son innumerables las personas que concurren a ellos buscando alivio a sus enfermedades o simplemente a visitar a sus parientes y amigos.

“Vio Jesús mucha gente, tuvo compasión de ellos y se puso a curar a los enfermos” (Mt 14,14). Se compadece de los ciegos (Mt 20,34). Le duele el hambre de los que le seguían por los caminos (Mt 15,32), o el desamparo en que vivían: “Viendo al gentío, tuvo compasión de ellos, porque andaban fatigados y decaídos como ovejas sin pastor” (Mt 9,36).





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[1] Recordamos a san Lucas, a san Cosme y a san Damián, Alejandro el Frigio y Zenobio – médicos mártires- Teodoro de Laodicea, san Efrén, san Cesareo, san Roque, san Camilo de Lellis, san Juan de Dios, santa Francisca Romana, al Beato Damián de Molokai, a san Pedro Chanel, etc. Una multitud de testigos nos muestran el sentir de la Iglesia en relación a los enfermos.

miércoles, 9 de junio de 2010

Reflexión sobre la Pastoral Hospitalaria

DE NUESTRA PASTORAL

Los discípulos de Cristo lo siguen conscientemente en todos los ambientes en que se encuentran, sin excluir ninguno. Esto va­le especialmente para el ámbito laboral. Tal vez un profesional o un funcionario que trabaja en el mundo de la salud pudiera pen­sar que basta con realizar bien su función para ser un buen discí­pulo, sin embargo, hay matices que en la actualidad adquieren un mayor realce. Una cosa es la excelencia profesional motivada por la fe y otra el espíritu evangélico con que se aborda a quienes se encuentran en los hospitales. Cuando los funcionarios y profesio­nales católicos, que trabajan en hospitales, toman conciencia de que son una presencia viva de la Iglesia en ese ambiente, cuando se reconocen como tales, especialmente con sus hermanos en la fe y se esfuerzan para que su adhesión a Cristo y a su evangelio se refleje en su actitud frente a las personas que sirven, comienzan a formar parte de la pastoral. Ellos evangelizan a través del espíritu que reflejan. Hoy día es indispensable que en el laicado católico se despierte cada vez con mayor dinamismo el discipulado, el anhelo de ser testigos de la esperanza que proviene de Cristo.

La pastoral hospitalaria se inspira en la práctica de Jesús, que durante su vida pública unió permanentemente su acogida a los enfermos y el anuncio de la Buena Nueva del Reino. Los Evange­listas muestran claramente la opción preferencial de Jesús por los dolientes. De los 32 milagros que se consignan en los evangelios, 25 son de curaciones. Casi la quinta parte de los evangelios trata de esas curaciones y recoge reflexiones hechas con ocasión de su realización. Sin embargo, su intención última era anunciar la Bue­na Nueva. El Señor armonizaba la salud del alma y del cuerpo. Aprovechando la receptividad especial que suscita el dolor, pro­clamaba la esperanza de la salvación. Los discípulos de Jesús, al ir al encuentro de los enfermos, se identifican con Él.

Su acción misericordiosa, al curar las dolencias del cuerpo y del espíritu, fue un signo luminoso del advenimiento del tiempo me­siánico. Mateo lo hace consciente cuando nos relata que “Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?» Jesús les respondió: « Vayan y cuenten a Juan lo que oyen y ven: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos que­dan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva”. Mt 11,1; cfr. Isaías 35; 42; 61. La pre­sencia de Cristo es la fuente más sólida de la esperanza.

Desde la primera comunidad de Jerusalén, hasta nuestros días, la Iglesia ha tenido una espacial preocupación por los enfermos. Siempre ha estado consciente de que, por mandato de su funda­dor, junto con el anuncio del Reino de Dios, su misión incluye la preocupación por los enfermos. Esto se ha mantenido conscien­te a lo largo de los siglos. También hoy día es preciso hacer ese anuncio transformando los hospitales en espacios privilegiados de evangelización.

Tal vez, un primer paso para marcar la presencia de la Iglesia en los hospitales consiste en que los funcionarios que trabajan en ellos se reconozcan como hermanos en la fe. Es un paso anterior a cualquier organización o actividad de tipo religioso o pastoral. Muchas veces bastará con una sonrisa o con un saludo más frater­no entre ellos para crear un ambiente de Iglesia.

sábado, 1 de mayo de 2010

Reflexión sobre la situación actual de la Iglesia

DE NUESTRA PASTORAL

Hechos
La crisis que se ha desatado en todo el ámbito occidental de la Iglesia a raíz del escándalo público por el indigno comportamiento de mucho miembros del clero, tiene que analizarse desde una pers­pectiva más amplia: La progresiva pérdida del sentido de trascen­dencia, el alejamiento del mundo religioso. Ya nuestros antepasados decían que toda apostasía de Dios traía una desintegración social. Debido a eso, en el ámbito eclesial sus dos puntos más sensibles han sido afectados: la familia y el sacerdocio. Junto con constatar la fragilidad de la familia, constatamos esa misma fragilidad en los sacerdotes. No importa si los medios de comunicación han magnifi­cado los acontecimientos para que produzcan un efecto devastador, lo que importa es que es el mismo Señor quien nos está llevando a una reflexión de fondo para superar la crisis utilizando los medios que Él mismo nos dejó.
Interpretación
La interpretación de un fenómeno tan amplio y complejo no pue­de caer en un simplismo. Hay muchos factores que se deben tomar en cuenta. A simple vista habría que decir que hay que dar una for­mación más integral y profunda a los sacerdotes porque tienen que vivir en una cultura contraria al evangelio. Tienen que abordar el te­ma de la sexualidad a un nivel pedagógico y espiritual más profun­do. Más que eso, es un llamado a cultivar un estilo de vida sacerdo­tal más sobrio, espiritual y humilde. El sacerdote debe ser formado como un simple servidor del pueblo de Dios.
Hay una segunda reflexión que es bueno hacerla consciente. Se comenzó a anunciar hace ya muchas décadas que estábamos vivien­do una etapa en que se pedía un mayor protagonismo del laicado. El Cardenal Journet decía que había llegado “la hora de los laicos”. Pa­reciera que la escasez de las vocaciones y la fragilidad del clero exi­ge el surgimiento de auténticos lideres laicos que asuman responsa­bilidades en la Iglesia.
Tareas.
El sacerdocio instituido por el Señor juega un papel imprescindi­ble en la Iglesia y es tarea de todos los discípulos mantenerlo puro y fecundo. La formación del corazón de un sacerdote comienza fun­damentalmente en su hogar. Los padres de familia son los primeros catequistas y los educadores natos. Por otra parte, para que surjan lideres laicos hay que crear ins­tancias para una formación más profunda y al alcance de todos los fieles. Especialmente hay que crear un acceso más sólido a la reve­lación que nos llega a través de la Escritura.
Una auténtica devoción mariana nos aproxima vitalmente al es­tilo de vida de un verdadero discípulo de Cristo. La atmósfera que se crea en torno a María como Compañera de Cristo en el plan de redención nos ayuda a vivir la fe de una manera adecuada a los nuevos desafíos. Ella es símbolo de fidelidad, de sencillez y de au­dacia. Su imagen de Inmaculada nos ayuda a superar también el erotismo del ambiente.